La Extimidad en la Migración
Integrante
del Observatorio #2 en la NEL para FAPOL
La migración es un proceso de desplazamiento físico, social y subjetivo, donde se deja atrás lo propio y familiar: amigos, familia, país, cotidianeidad; para arriesgar un encuentro con lo nuevo, diferente y extranjero.
Desarraigos, separaciones, desprendimientos de lo
familiar y encuentros contingentes con lo radicalmente Otro; son los dos
movimientos de toda migración, sea esta forzada, voluntaria, temporal,
permanente, cíclica o estacionaria; por motivos personales, por persecución
política o por aspectos laborales, como es el caso de la migración de los
bolivianos hacia distintos destinos. Por ejemplo, la migración de bolivianos
hacia Argentina, se caracteriza por ser eminentemente laboral, planificada como
parte de un proyecto propio y familiar y por consolidarse con éxito, al lograr
una integración laboral y económica, haciéndose con ello un lugar.
Para Jordi Flores, “darse un
lugar es siempre una forma de emigrar”. Después de emprender la retirada e irse
a un nuevo lugar, es necesario – señala el autor- encontrar asentimientos del
Otro, encontrar un asiento o lugar en él. “Un «asiento» del Otro y un asiento
para uno mismo en el que dejarse caer, es lo más digno a lo que puede aspirar
un sujeto deseante” (Flores, 2018, pg. 1). En este sentido, asentarse en el
nuevo país, hacerse un lugar laboral, lograr aceptación y reconocimiento de los
otros, armar un negocio o emprendimiento propio, reagrupar y ampliar a su
familia, hacerse de amigos y organizarse para participar como ciudadanos,
pueden ser consideradas algunas maneras en que los migrantes bolivianos se
hacen una morada en el Otro país. “Hacerse de una casa en el Otro, de una
morada, es siempre una labor de emigrante - pues - siempre se está en un lugar
ajeno en el que, sin embargo, es preciso contar con algo más que una tienda de
campaña” (Flores, 2018, pg. 1). Este “algo más”, implicará un lugar simbólico y
no solo físico espacial, que inscriba al sujeto en un lazo con el Otro.
Migrar implica cruzar una frontera, “se cruza una
línea imaginaria, ahí donde lo simbólico marca un litoral: lo que queda de un
lado u otro, línea movediza entre lo conocido y lo extranjero”, dirá Jordi
Flores (2018, pg. 2). En función de ello, todo migrante incorpora en su decir
una litoralidad, un “aquí y allá”, que conforma un espacio transfronterizo,
transnacional donde se desarrolla su historia, su vida y sus lazos. Será la
instauración de esta frontera, no solo física sino simbólica, a partir de la
cual el sujeto se hace extranjero para sí. El migrante – dirá Julieta Ravard-
no solo “atraviesa esas fronteras geográficas- sino - esa otra frontera, donde
se vuelve un extranjero, porque ya no se reconoce en lo que vive” (Ravard,
2018, 2). De esta manera, a la diferencia y lo no familiar del nuevo contexto,
que producen la sensación de extranjeridad, se incluye “la extranjería propia
de vivir en otro territorio que no es el país de origen” (Bellatar, 2017, pg.
2).
La migración se constituye en un real, encuentro
contingente, inesperado y enigmático, que indefectiblemente confronta a cada
quien con lo Otro, lo diferente, lo heteros en el sentido radical, pues todo
migrante es un extraño para quien lo recibe, como el que recibe es ajeno para
el que llega. El punto nodal, radicará en el modo en que cada sujeto pueda
hacer con eso radicalmente extranjero que, si bien se pone en escena en la
migración, es una condición estructural del mismo ser hablante.
Para el psicoanálisis de la orientación lacaniana, lo
estructural de lo extranjero se puede localizar desde muy temprano en la vida
de cada sujeto. Cuando cada uno al llegar a la vida de los padres, es un
extranjero, a quien será necesario adoptar desde un deseo no anónimo, bañar con
la lengua del Otro e incorporar a la tradición. A su vez, el hijo se encontrará
con un Otro que lo precede, con una historia y tradiciones en las que se
alojará y a las cuales consentirá, o no, haciéndolas propias.
Jacques-Alain Miller señala: “ser un inmigrante es el
estatuto mismo del sujeto en el psicoanálisis. El sujeto como tal, definido por
su lugar en el Otro, es un inmigrante” (Miller, 2012, pg.2). Si cada sujeto
está determinado por la marca que recibió del Otro, dándole esto una referencia
a sus lugares o pertenencias de donde proviene, estas mismas hacen a cada
sujeto un extraño para el Otro.
Esta condición primaria de extranjeridad, no dejará de
estar, pues es la condición misma de todo sujeto respecto a la lengua que habla
y a su propio inconsciente. De la misma manera, el sujeto es extraño para sí
mismo, debido a que la imagen de su propio cuerpo, comienza siendo ajena para
él. Jacques Lacan -en su teorización del “Estadio del Espejo”[1]-
explica que el sujeto no cuenta con un registro unitario de su cuerpo, por lo
que al encontrarse por primera vez con su imagen en el espejo, ésta le resulta
impropia, constituyéndose la imagen de un otro ajeno al sujeto. Por ello, esta
imagen “es heterogénea a las vivencias del viviente y constituye
la matriz del otro como aquél que tiene”, dirá Marie-Hélène Brousse. Esta fractura, entre el cuerpo propio y su imagen, al ser recubierta
“construye al otro según la estructura de la intrusión y da al yo su color
paranoico - de allí que - el otro es extranjero y es intrusivo: miedo, rechazo
y celos, asco u horror” (Brousse,
2018, pg. 2), serán respuestas a esta extranjeridad del otro.
Freud denominará a ese encuentro con lo extraño, pero
a la vez propio y familiar, como lo ominoso, lo siniestro[2]. En consecuencia, debido a la
función de lo imaginario, lo extraño es estructuralmente intrusivo, abusivo,
ladrón, insoportable, planteará Marie-Hélène Brousse
(2018), lo que encontramos en la base de muchas
acciones políticas y discursivas que dan cuenta de este complejo de intrusión y
de lo insoportable que se torna el otro.
Sin embargo, para el psicoanálisis, lo extranjero no
se ubica únicamente en el otro diferente, sino que existe una condición
estructural donde el sujeto mismo es extraño para sí, pues en él habita una
parte que desconoce, que lo invade y lo desconcierta: el goce. Por ello cuando
lo extranjero del otro se torna insoportable, se podrá pensar que algo de ese
otro goce, toca el insospechado goce propio, del cual el sujeto mismo nada
quiere saber. “La angustia hace coincidir lo más íntimo con lo más colectivo.
El odio de sí mismo deviene odio al otro. Ese movimiento puede incluir a toda
la sociedad, en una epidemia de rechazo al otro” (Asermet, 2017: pg.1).
Por ello las barreras no son suficientes. No hay
frontera, muralla o campo de concentración, que expulse lo éxtimo, que por su
definición es lo íntimo y exterior, lo interno y externo, lo que atañe al
sujeto y al Otro, que es el Otro en el sujeto mismo.
El término extimidad[3] es
acuñado por Jacques Lacan, para hacer referencia a una condición paradojal por
lo cual algo íntimo es a su vez lo más extraño y ajeno para el sujeto. Jacques
Alain Miller, profundizando esta conceptualización explica: “lo éxtimo es lo
que está más próximo, lo más próximo, lo más interior sin dejar de ser exterior
(…) El término extimidad se construye sobre intimidad. No es su contrario,
porque lo éxtimo es precisamente lo íntimo, incluso lo más íntimo” (Miller,
2010, pg. 14).
Esta condición
de extimidad, vivenciada como “la exterioridad de lo
interno” puede localizarse en la extraterritorialidad presente en la migración
y que implica: “un arreglo para mantenerse adentro con un píe afuera” (Réquiz,
2018, pg. 2), aspecto que se escuchó a lo largo del estudio como la condición
de integración, pero a su vez de diferenciación o exclusión de los sujetos
migrantes. Quienes, a pesar de vivir en el Argentina por más de 20, 30, 40
años, de estar insertos en las dinámicas sociales y laborales, haberse
nacionalizados como argentinos, o inclusive habiendo nacido en Argentina, se sienten
extranjeros.
Se trata de una inclusión, pero “no toda”,
persistiendo en los arreglos construidos, algo del orden de lo extraño, que los
ubica con un pie adentro y otro por fuera del conjunto universal, “no del todo
integrados”, algo de la exclusión, persiste como segregación.
Estar todos unidos, sin ningún tipo de exclusión es un imposible
que se presenta como ideal social inalcanzable, una abstracción ideal
imposible. Desde el psicoanálisis, Lacan sostiene que "nunca se ha acabado
del todo con la segregación (…) Nada puede funcionar sin eso”, (Lacan 1970a pg.
193), dando cuenta de este imposible, es posible disminuir la segregación, pero
nunca del todo.
Esa es la condición de la migración, “estar y ser en
dos lugares”, así como es condición de todo ser hablante, la extimidad. Ante
ello, el psicoanálisis convoca a cada sujeto a interrogarse por “su propia
relación con su extimidad, con su extranjeridad constitutiva, para de esta
manera arribar a los arreglos que le permitan encontrar las soluciones que
vayan más a su propia medida” (Suarez, 2018, pg. 3). La experiencia
analítica posibilita que lo que es inalcanzable atraviese las fronteras. “Es
así como cada uno se descubre cómo siendo ante todo extranjero a sí mismo” (Ansermet,
2018, pg. 4). Y ante ello, hacer con esa condición de extranjeridad y con lo Otro
extranjero, de manera tal, que posibilite un lazo con las diferencias y desde
las diferencias.
De esta manera, el psicoanálisis de la orientación
lacaniana cuestiona los intentos de homogeneidad. Los postulados
universalizantes que promueve la globalización, encuentran un límite en el modo
de gozar singular de cada uno. Porque, más allá de las fronteras, lo
extranjero, radicalmente Otro y ajeno en el sujeto es el modo de gozar.
Estas cuestiones conducen a un aspecto ético, más allá
de las normativas, leyes y reglamentaciones de la movilidad humana en cada uno
de los países, que tiene que ver con la posición de cada uno respecto a ese
otro modo de gozar extranjero y lo que eso Otro evoca. Ante lo cual, la respuesta
singular responsabiliza al sujeto por su propio modo de gozar. Así, algunos
sujetos podrán consentir y alojar lo extranjero, y habrá quienes no. Más al
contrario, elijan segregar la diferencia, expulsar al extranjero o agredir al
foráneo. Lo que dará cuenta de su propia imposibilidad de tramitación de ese
goce otro, que se torna insoportable.
Es por esta
vía que este goce unitario, solitario puede entrar en el lazo, pues se tratará
de gozar con ciertos límites en un contexto social que implica al otro. De allí
que, si bien lo extranjero es siempre del orden de lo real,
inexplicable y fuera de sentido, “es posible nombrarlo para darle un uso, que
no lo haga intrusivo” (Medina, 2018, pg.2).
[1] “comprender el estadio del espejo como una identificación en el
sentido pleno que el análisis da a éste término: a saber, la transformación
producida en el sujeto cuando asume una imagen, cuya predestinación a este
efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del
término antiguo imago. El hecho de que su imagen especular sea asumida
jubilosamente por el ser sumido todavía en la impotencia motriz y la
dependencia de la lactancia que es el hombrecito en ese estadio infans, nos
parecerá por lo tanto que manifiesta, en una situación ejemplar, la matriz
simbólica en la que el yo [je] se precipita en una forma primordial, antes de
objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el
lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto” (Lacan, 2009, pg.
100).
[2] La voz alemana «unheimlich» es, sin duda, el antónimo de «heimlich» y
de «heimisch» (íntimo, secreto, y familiar, hogareño, doméstico), imponiéndose
en consecuencia la deducción de que lo siniestro causa espanto precisamente
porque no es conocido, familiar. Pero, naturalmente, no todo lo que es nuevo e
insólito es por ello espantoso, de modo que aquella relación no es reversible.
Cuanto se puede afirmar es que lo novedoso se torna fácilmente espantoso y
siniestro; pero sólo algunas cosas novedosas son espantosas; de ningún modo lo
son todas. Es menester que a lo nuevo y desacostumbrado se agregue algo para
convertirlo en siniestro. (Freud, Vol. XVII. 1992, pg. 219).
[3] Lacan ideó el término “extimidad” (en francés extimité; en inglés, extimacy) aplicando el prefijo ex a la palabra francesa intimilé (“intimidad”). Apareció por primera vez en su seminario La ética del psicoanálisis (1958). Es un neologismo cuya brillantez corre pareja con la dificultad para definirlo. En principio, expresa la manera en que el psicoanálisis problematiza las aparentes oposiciones entre lo interno y lo externo, entre el contenedor y el contenido, etc. Por ejemplo, lo real está tanto “dentro” como “fuera”; el inconsciente no es un sistema psíquico puramente interior sino una estructura intersubjetiva (“el inconsciente está fuera”). El Otro es “algo extraño a mí, aunque está en mi núcleo”. Dice Lacan que “lo más íntimo justamente es lo que estoy constreñido a no poder reconocer más que fuera”
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