La Extimidad en la Migración


Fabiana Chirino Ortiz
Integrante del Observatorio #2 en la NEL para FAPOL


La migración es un proceso de desplazamiento físico, social y subjetivo, donde se deja atrás lo propio y familiar: amigos, familia, país, cotidianeidad; para arriesgar un encuentro con lo nuevo, diferente y extranjero.

Desarraigos, separaciones, desprendimientos de lo familiar y encuentros contingentes con lo radicalmente Otro; son los dos movimientos de toda migración, sea esta forzada, voluntaria, temporal, permanente, cíclica o estacionaria; por motivos personales, por persecución política o por aspectos laborales, como es el caso de la migración de los bolivianos hacia distintos destinos. Por ejemplo, la migración de bolivianos hacia Argentina, se caracteriza por ser eminentemente laboral, planificada como parte de un proyecto propio y familiar y por consolidarse con éxito, al lograr una integración laboral y económica, haciéndose con ello un lugar.

Para Jordi Flores, “darse un lugar es siempre una forma de emigrar”. Después de emprender la retirada e irse a un nuevo lugar, es necesario – señala el autor- encontrar asentimientos del Otro, encontrar un asiento o lugar en él. “Un «asiento» del Otro y un asiento para uno mismo en el que dejarse caer, es lo más digno a lo que puede aspirar un sujeto deseante” (Flores, 2018, pg. 1). En este sentido, asentarse en el nuevo país, hacerse un lugar laboral, lograr aceptación y reconocimiento de los otros, armar un negocio o emprendimiento propio, reagrupar y ampliar a su familia, hacerse de amigos y organizarse para participar como ciudadanos, pueden ser consideradas algunas maneras en que los migrantes bolivianos se hacen una morada en el Otro país. “Hacerse de una casa en el Otro, de una morada, es siempre una labor de emigrante - pues - siempre se está en un lugar ajeno en el que, sin embargo, es preciso contar con algo más que una tienda de campaña” (Flores, 2018, pg. 1). Este “algo más”, implicará un lugar simbólico y no solo físico espacial, que inscriba al sujeto en un lazo con el Otro.

Migrar implica cruzar una frontera, “se cruza una línea imaginaria, ahí donde lo simbólico marca un litoral: lo que queda de un lado u otro, línea movediza entre lo conocido y lo extranjero”, dirá Jordi Flores (2018, pg. 2). En función de ello, todo migrante incorpora en su decir una litoralidad, un “aquí y allá”, que conforma un espacio transfronterizo, transnacional donde se desarrolla su historia, su vida y sus lazos. Será la instauración de esta frontera, no solo física sino simbólica, a partir de la cual el sujeto se hace extranjero para sí. El migrante – dirá Julieta Ravard- no solo “atraviesa esas fronteras geográficas- sino - esa otra frontera, donde se vuelve un extranjero, porque ya no se reconoce en lo que vive” (Ravard, 2018, 2). De esta manera, a la diferencia y lo no familiar del nuevo contexto, que producen la sensación de extranjeridad, se incluye “la extranjería propia de vivir en otro territorio que no es el país de origen” (Bellatar, 2017, pg. 2).

La migración se constituye en un real, encuentro contingente, inesperado y enigmático, que indefectiblemente confronta a cada quien con lo Otro, lo diferente, lo heteros en el sentido radical, pues todo migrante es un extraño para quien lo recibe, como el que recibe es ajeno para el que llega. El punto nodal, radicará en el modo en que cada sujeto pueda hacer con eso radicalmente extranjero que, si bien se pone en escena en la migración, es una condición estructural del mismo ser hablante.

Para el psicoanálisis de la orientación lacaniana, lo estructural de lo extranjero se puede localizar desde muy temprano en la vida de cada sujeto. Cuando cada uno al llegar a la vida de los padres, es un extranjero, a quien será necesario adoptar desde un deseo no anónimo, bañar con la lengua del Otro e incorporar a la tradición. A su vez, el hijo se encontrará con un Otro que lo precede, con una historia y tradiciones en las que se alojará y a las cuales consentirá, o no, haciéndolas propias.

Jacques-Alain Miller señala: “ser un inmigrante es el estatuto mismo del sujeto en el psicoanálisis. El sujeto como tal, definido por su lugar en el Otro, es un inmigrante” (Miller, 2012, pg.2). Si cada sujeto está determinado por la marca que recibió del Otro, dándole esto una referencia a sus lugares o pertenencias de donde proviene, estas mismas hacen a cada sujeto un extraño para el Otro.

Esta condición primaria de extranjeridad, no dejará de estar, pues es la condición misma de todo sujeto respecto a la lengua que habla y a su propio inconsciente. De la misma manera, el sujeto es extraño para sí mismo, debido a que la imagen de su propio cuerpo, comienza siendo ajena para él. Jacques Lacan -en su teorización del “Estadio del Espejo”[1]- explica que el sujeto no cuenta con un registro unitario de su cuerpo, por lo que al encontrarse por primera vez con su imagen en el espejo, ésta le resulta impropia, constituyéndose la imagen de un otro ajeno al sujeto. Por ello, esta imagen “es heterogénea a las vivencias del viviente y constituye la matriz del otro como aquél que tiene”, dirá Marie-Hélène Brousse. Esta fractura, entre el cuerpo propio y su imagen, al ser recubierta “construye al otro según la estructura de la intrusión y da al yo su color paranoico - de allí que - el otro es extranjero y es intrusivo: miedo, rechazo y celos, asco u horror” (Brousse, 2018, pg. 2), serán respuestas a esta extranjeridad del otro.

Freud denominará a ese encuentro con lo extraño, pero a la vez propio y familiar, como lo ominoso, lo siniestro[2]. En consecuencia, debido a la función de lo imaginario, lo extraño es estructuralmente intrusivo, abusivo, ladrón, insoportable, planteará Marie-Hélène Brousse (2018), lo que encontramos en la base de muchas acciones políticas y discursivas que dan cuenta de este complejo de intrusión y de lo insoportable que se torna el otro.

Sin embargo, para el psicoanálisis, lo extranjero no se ubica únicamente en el otro diferente, sino que existe una condición estructural donde el sujeto mismo es extraño para sí, pues en él habita una parte que desconoce, que lo invade y lo desconcierta: el goce. Por ello cuando lo extranjero del otro se torna insoportable, se podrá pensar que algo de ese otro goce, toca el insospechado goce propio, del cual el sujeto mismo nada quiere saber. “La angustia hace coincidir lo más íntimo con lo más colectivo. El odio de sí mismo deviene odio al otro. Ese movimiento puede incluir a toda la sociedad, en una epidemia de rechazo al otro” (Asermet, 2017: pg.1).

Por ello las barreras no son suficientes. No hay frontera, muralla o campo de concentración, que expulse lo éxtimo, que por su definición es lo íntimo y exterior, lo interno y externo, lo que atañe al sujeto y al Otro, que es el Otro en el sujeto mismo.

El término extimidad[3] es acuñado por Jacques Lacan, para hacer referencia a una condición paradojal por lo cual algo íntimo es a su vez lo más extraño y ajeno para el sujeto. Jacques Alain Miller, profundizando esta conceptualización explica: “lo éxtimo es lo que está más próximo, lo más próximo, lo más interior sin dejar de ser exterior (…) El término extimidad se construye sobre intimidad. No es su contrario, porque lo éxtimo es precisamente lo íntimo, incluso lo más íntimo” (Miller, 2010, pg. 14).

Esta condición de extimidad, vivenciada como “la exterioridad de lo interno” puede localizarse en la extraterritorialidad presente en la migración y que implica: “un arreglo para mantenerse adentro con un píe afuera” (Réquiz, 2018, pg. 2), aspecto que se escuchó a lo largo del estudio como la condición de integración, pero a su vez de diferenciación o exclusión de los sujetos migrantes. Quienes, a pesar de vivir en el Argentina por más de 20, 30, 40 años, de estar insertos en las dinámicas sociales y laborales, haberse nacionalizados como argentinos, o inclusive habiendo nacido en Argentina, se sienten extranjeros.

Se trata de una inclusión, pero “no toda”, persistiendo en los arreglos construidos, algo del orden de lo extraño, que los ubica con un pie adentro y otro por fuera del conjunto universal, “no del todo integrados”, algo de la exclusión, persiste como segregación. 

Estar todos unidos, sin ningún tipo de exclusión es un imposible que se presenta como ideal social inalcanzable, una abstracción ideal imposible. Desde el psicoanálisis, Lacan sostiene que "nunca se ha acabado del todo con la segregación (…) Nada puede funcionar sin eso”, (Lacan 1970a pg. 193), dando cuenta de este imposible, es posible disminuir la segregación, pero nunca del todo.

Esa es la condición de la migración, “estar y ser en dos lugares”, así como es condición de todo ser hablante, la extimidad. Ante ello, el psicoanálisis convoca a cada sujeto a interrogarse por “su propia relación con su extimidad, con su extranjeridad constitutiva, para de esta manera arribar a los arreglos que le permitan encontrar las soluciones que vayan más a su propia medida” (Suarez, 2018, pg. 3). La experiencia analítica posibilita que lo que es inalcanzable atraviese las fronteras. “Es así como cada uno se descubre cómo siendo ante todo extranjero a sí mismo” (Ansermet, 2018, pg. 4). Y ante ello, hacer con esa condición de extranjeridad y con lo Otro extranjero, de manera tal, que posibilite un lazo con las diferencias y desde las diferencias.

De esta manera, el psicoanálisis de la orientación lacaniana cuestiona los intentos de homogeneidad. Los postulados universalizantes que promueve la globalización, encuentran un límite en el modo de gozar singular de cada uno. Porque, más allá de las fronteras, lo extranjero, radicalmente Otro y ajeno en el sujeto es el modo de gozar.

Estas cuestiones conducen a un aspecto ético, más allá de las normativas, leyes y reglamentaciones de la movilidad humana en cada uno de los países, que tiene que ver con la posición de cada uno respecto a ese otro modo de gozar extranjero y lo que eso Otro evoca. Ante lo cual, la respuesta singular responsabiliza al sujeto por su propio modo de gozar. Así, algunos sujetos podrán consentir y alojar lo extranjero, y habrá quienes no. Más al contrario, elijan segregar la diferencia, expulsar al extranjero o agredir al foráneo. Lo que dará cuenta de su propia imposibilidad de tramitación de ese goce otro, que se torna insoportable.

Es por esta vía que este goce unitario, solitario puede entrar en el lazo, pues se tratará de gozar con ciertos límites en un contexto social que implica al otro. De allí que, si bien lo extranjero es siempre del orden de lo real, inexplicable y fuera de sentido, “es posible nombrarlo para darle un uso, que no lo haga intrusivo” (Medina, 2018, pg.2).



[1] “comprender el estadio del espejo como una identificación en el sentido pleno que el análisis da a éste término: a saber, la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen, cuya predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo imago. El hecho de que su imagen especular sea asumida jubilosamente por el ser sumido todavía en la impotencia motriz y la dependencia de la lactancia que es el hombrecito en ese estadio infans, nos parecerá por lo tanto que manifiesta, en una situación ejemplar, la matriz simbólica en la que el yo [je] se precipita en una forma primordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto” (Lacan, 2009, pg. 100).

[2] La voz alemana «unheimlich» es, sin duda, el antónimo de «heimlich» y de «heimisch» (íntimo, secreto, y familiar, hogareño, doméstico), imponiéndose en consecuencia la deducción de que lo siniestro causa espanto precisamente porque no es conocido, familiar. Pero, naturalmente, no todo lo que es nuevo e insólito es por ello espantoso, de modo que aquella relación no es reversible. Cuanto se puede afirmar es que lo novedoso se torna fácilmente espantoso y siniestro; pero sólo algunas cosas novedosas son espantosas; de ningún modo lo son todas. Es menester que a lo nuevo y desacostumbrado se agregue algo para convertirlo en siniestro. (Freud, Vol. XVII. 1992, pg. 219).

[3] Lacan ideó el término “extimidad” (en francés extimité; en inglés, extimacy) aplicando el prefijo ex a la palabra francesa intimilé (“intimidad”). Apareció por primera vez en su seminario La ética del psicoanálisis (1958). Es un neologismo cuya brillantez corre pareja con la dificultad para definirlo. En principio, expresa la manera en que el psicoanálisis problematiza las aparentes oposiciones entre lo interno y lo externo, entre el contenedor y el contenido, etc. Por ejemplo, lo real está tanto “dentro” como “fuera”; el inconsciente no es un sistema psíquico puramente interior sino una estructura intersubjetiva (“el inconsciente está fuera”). El Otro es “algo extraño a mí, aunque está en mi núcleo”. Dice Lacan que “lo más íntimo justamente es lo que estoy constreñido a no poder reconocer más que fuera”


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