Identidad e Imaginario Social en la Migración
Alejandra
Hornos Harasimuk
Coordinadora
del Observatorio #2 en la NEL para FAPOL
Identidad, Identificación y el narcisismo de las pequeñas diferencias
Hablar de “identidad” desde el psicoanálisis,
presenta cierta complejidad. Si bien este concepto está íntimamente ligado a su
campo de conocimiento, no es un concepto que le sea propio. Sigmund Freud, lo
empleó sólo unas pocas veces en su desarrollo teórico y lo hizo mayormente en
lo que atañe al carácter psicosocial del concepto. También en su texto “Más
allá del principio del placer” (Freud, 1920a), lo utilizó para referirse a
elementos del psiquismo (imágenes, ideas, pensamientos y sentimientos). Donde
otros autores hablaron de la “identidad del yo”, Freud habló de identificación.
En su texto “Psicologías de las masas y
análisis del yo”, dedica el capítulo VII a la identificación, ubicándola como “la manifestación más temprana de un enlace
afectivo a otra persona…” (Freud, 1921a, pg. 99). Refiere que ésta, puede
surgir cada vez que el sujeto descubre en sí mismo, un rasgo común con otra
persona, que no es objeto de sus pulsiones sexuales. Freud ubicó distintos
tipos de identificaciones, pero el mencionado con antelación, es el que tomó
para explicar la formación de las masas. Una condición de identificación, que
va más allá de su sentido histérico, narcisista y regresivo; un modo, que no
necesita de una relación de objeto precedente.
Identidad e identificación no son lo mismo, sin
embargo, son palabras que desde su etimología están relacionadas. Ambas
proceden del latín: “identitas” y
ésta de “ídem”, que refiere, a “lo mismo” (Dicc. etimológico). Si bien Freud, dedica un capítulo a
las identificaciones en el texto mencionado, es Jaques Lacan en 1961 quien
dedicará en los seminarios dictados entre 1953 y 1979, un libro completo para
trabajar este concepto. Seminario que lleva por título: “La identificación.” En
este seminario, Lacan, sí hablará de “identidad”, ubicando para ello, la
necesaria articulación al concepto de identificación. Considera que para hablar
de la “identidad del sujeto”, la identificación, es la operación por medio de
la cual se constituye el sujeto a partir del significante.
Tomando los desarrollos teóricos de
Lacan, la identidad, se construye desde dos ejes que se entrecruzan muy
tempranamente, en la vida del sujeto. Un eje imaginario, en el que el yo se
mira y se toma por la imagen del semejante, como si fuera su propia imagen en
el espejo; y un eje simbólico, en el que el sujeto recibe las marcas del
reconocimiento del Otro, bajo la forma de un significante ideal al que tiene
que consentir para ser amado. La identidad entonces, proviene del otro
imaginario y el Otro simbólico (Lacan, 1961).
La identificación es el principio
mismo del lazo social (Lacan, 1961), si un sujeto
puede identificarse a un grupo, es que participa en él. Comparte con los demás
integrantes significantes ideales y a la vez, está representado por un
significante unido a los significantes que representan a los demás. Este
significante que representa al sujeto, no es cualquier significante, es un
significante amo para el grupo en el que el sujeto quiere ser identificado. En
este sentido, el sujeto es reconocido en su conjunto y posteriormente se
identifica al conjunto en general; diferenciar lo que unifica y lo que
distingue, es la indicación de Lacan. (Lacan, 1961).
“El significante sirve para designar
la diferencia en estado puro” (Lacan, 1961), un significante se especifica cómo
siendo lo que los otros no son y es en este principio que se funda “el
narcisismo de las pequeñas diferencias” del que Freud hablara en “El malestar
en la cultura”. Explica, que éste se refiere a la obsesión por diferenciarse de
aquello que resulta más familiar y parecido (Freud, 1930). Son “esas pequeñas
diferencias”, las que fundamentan sentimientos de hostilidad, en los conflictos
colectivos que muchas veces ocurren entre vecinos, pueblos próximos o
similares; reafirmando así, su identidad y carácter específico.
Lacan, retomando a Freud, agrega que a
partir de esa “pequeña diferencia”, que es lo mismo que el Ideal del Yo, puede
acomodarse la mira narcisista. El sujeto, se constituye como portador o no, de
ese rasgo unario; siendo éste, el que particulariza y no solo agrupa (Lacan,
1961). Freud ya advertía, que el narcisismo de las pequeñas diferencias es tan
importante, como la identificación al rasgo del líder querido, explicó que cuanto
más grande es la comunidad, más necesitamos asirnos al narcisismo de las
pequeñas diferencias (Freud, 1930). Diferencias, que se presentan como
puramente significantes, siendo la lengua y la escritura, los medios para
hacerlas escuchar.
La identidad nacional y el imaginario social
El lazo afectivo al lugar de nacimiento, el sentido de pertenencia a un
territorio, a una nación; hace parte de la identidad. Zygmunt Bauman, refiere que la identidad
nacional no es como las otras, es una dimensión de la identidad “concienzudamente
construida por el Estado y sus organismos” (Bauman, 2007, pg.53), que tiene
como objetivo tener el derecho de monopolio para trazar el límite entre el
nosotros y el ellos. Agrega, que la identidad nacional, permitirá otras identidades siempre
y cuando, no colisionen con la lealtad nacional (Bauman,
2007, pg.53).
El lugar de nacimiento no se elige,
por tanto, es una identificación que vendrá dada; sin embargo, la identidad
nacional ni se gesta ni se incuba en la experiencia humana de “forma natural”
(Bauman, 2007, pg.50). Lo natural es nacer en algún lugar, pero lo que se teje
a partir de esto respecto al “ser”, no emerge de la experiencia como un “hecho
vital” evidente por sí mismo. La “identidad nacional” como idea entró a la fuerza
en todos los hechos de la vida de los
hombres y mujeres modernos. Llegó como una ficción, nació para llevar la
realidad a los modelos establecidos, para rehacer la realidad a imagen y
semejanza de la idea (Bauman, 2007, pg.50). Poder, subjetividades y discursos;
son dimensiones que tejen la identidad.
La nacionalidad que se plasma en el “documento nacional de identidad” o
la “cédula de identidad”, refiere precisamente a la dimensión narcisista de la
identidad, al “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Tener nacionalidad
boliviana u argentina, como atañe al presente estudio, nos remite de inmediato
a los diversos imaginarios sociales, a las representaciones que una determinada
comunidad tiene de sí misma y de las otras. Es a través del imaginario social,
que una comunidad designa su identidad; elabora una representación de sí misma,
marca la distribución de los papeles y los roles sociales, expresa e impone
ciertas creencias. Esa identidad colectiva marca un territorio y define las
relaciones con los otros (Ford, 1999, pg.64) Tener y ser, se tejen en la
identidad nacional, se tiene una nacionalidad y por tanto se es, boliviano,
argentino, etc. En el contexto de esta investigación, la identidad nacional en
su dimensión política, atañe a ser boliviano u argentino y en su dimensión
étnica, cultural, atañe a la bolivianidad y la argentinidad; o sea al
sentimiento de pertenencia a un país y a lo que es propio de su condición y
carácter cultural.
La identidad nacional excluye al otro,
el emigrante es recibido como el otro, el extraño; no es recibido en primera
instancia como un ciudadano, no puede ejercer su identidad nacional en el nuevo
lugar que habita. El movimiento, es el destino común del migrante, en su
desplazamiento de un lugar a otro, de un país a otro y de una cultura a otra.
En este movimiento “el narcisismo de las pequeñas diferencias” por el cual un
pueblo, una etnia se cohesiona excluyendo o destruyendo al diferente; está
presente. La posición narcisista, se refuerza ante la existencia de un “otro”
al que excluir o eliminar; núcleo de la intolerancia del que tenemos que estar
advertidos. El narcisismo de las pequeñas diferencias no es evitable, es
estructural, pero sí es advertible y requiere de un esfuerzo psíquico para
poder ser salvado. Se trata de reconocer en el otro, lo que reconozco en mí,
reconocer y así poder hacer con lo diferente.
“Identidad” en su significado de “calidad de
idéntico” y en otra de sus acepciones “conjunto de circunstancias que
distinguen a una persona de las demás”; visibilizan lo paradójico del término:
¿cómo podría ser algo idéntico y a la vez, distinto a lo demás? Por una parte,
tiene características que nos hace percibir que una persona es única (una sola
y diferente a las demás) y por otro lado, se refiere a características que
poseen las personas que nos hacen percibir que son lo mismo (sin diferencia con
otras personas). Sin lugar a dudas, lo que refiere a la identidad, deja
manifiesta una contradicción, común a toda esencia humana.
La identidad en movimiento
Edward Said, en una relectura del texto freudiano
“Moisés y la religión monoteísta” (Freud, 1938) refiere que “la identidad no
puede concebirse ni funcionar como algo puro” (Said, 2006). Construimos nuestra
identidad a través de los otros y es en su carácter ficcional que la identidad
es algo más cercano a un movimiento. Said, leyendo a Freud, reconoce que la
identidad es un problema no resuelto, un problema que no prescribe y es en la
experiencia psicológica de la identidad, donde reside la esencia de lo
cosmopolita. En esta línea, se puede escuchar el decir de una de las informantes clave entrevistada en este
estudio, quien vive hace diez años en Buenos Aires: “No se puede ser un
porcentaje boliviana y otro argentina, no es una cuestión de porcentajes.
Después de vivir tantos años en Argentina, una no se siente ya ni totalmente
boliviana, ni totalmente argentina. Es un continuum la identidad, una
continuidad que se modifica, que cambia.”
Al migrar, algunas identificaciones
pueden ser dejadas de lado y otras advienen en el nuevo contexto, que el sujeto
habita. Identificaciones inconscientes se anudan en la identidad de cada quien,
heredadas, construidas; y esto porque el psiquismo es dinámico y en su
estructura mito psicológica, crea, inventa, construye.
La migración, implica un cambio de
contextos en múltiples dimensiones, se constituye en un fenómeno que contribuye
sobremanera al movimiento en la identidad. Un movimiento que más allá de migrar
o no, en el devenir de la vida, somos los mismos siendo otro. Al decir de Stuart Hall, la identidad se
construye en y por el lenguaje (Hall, 2003), ese Otro que nos atravesó en
nuestro estatuto de sujetos hablantes, nos atraviesa y nos atravesará.
En los tiempos de la caída del nombre
del padre o de la “modernidad líquida” como nombra Bauman a nuestra época, las
migraciones, son moneda corriente en un mundo cada vez más globalizado. No se
puede estar en contra de la globalización, así como no es posible oponerse a un
eclipse de sol, el problema no reside en cómo deshacer la unificación del
planeta, sino en hallar la manera de controlar y domar los hasta ahora salvajes
procesos de globalización. Cómo hacer que en lugar de constituir una amenaza se
convierta en oportunidad de mostrarse humanitarios (Bauman 2007, pg. 186).
La identidad se orienta a la
nominación y a la repetición, a lo particular del goce en el recorrido
fantasmático y que siempre es bidireccional, del sujeto hacia el otro y del
otro hacia el sujeto; excluir y ser excluido, amar y ser amado, odiar y ser
odiado, etc. Lo que se juega en la
identidad remite al nombre y a la genealogía, de este modo, se convierte hoy en
el último bastión en el que el sujeto se resguarda ante la radical e
irreductible diferencia. Es por ello, que en los nacionalismos y fundamentalismos,
se comparte una creencia que desmiente una pérdida narcisista, amparándose así,
en la certeza del sin límites respecto a sus metas ideales. En los procesos
migratorios, ir más allá del narcisismo de las pequeñas diferencias es la
apuesta.
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